Viven un estado ideal de responsabilidad-libertad
 
Conforme pasa el tiempo y se sienten más seguras en su chamba, más cambian sus rutinas dentro del hogar. Ya dan más responsabilidades a los demás y justifican que es deber de todos y no solo suyo como antaño. La dinámica de la familia se vuelve más ordenada y hay más consenso en las decisiones, porque al aportar para el gasto, su voto se convierte en una voz de calidad, que puede exigir con toda puntualidad su derecho.
 
El trabajo les absorbe cada vez más el tiempo, pero como va a la par del crecimiento de los hijos, se compensa y la dinámica se ajusta sola. Extrañan un poco sus tiempos libres, pero disfrutan más su poder adquisitivo que les ha abierto la puerta a otros mundos, incluyendo el de la libertad, perdida cuando se embarazaron. Este cambio puede motivarles a buscar emociones distintas o bien a lograr que se extienda su adolescencia retomada con nuevas amistades y diferentes compañías.
 
No desean ser abuelas pronto, porque han retomado su vida, por lo que son más liberales con los hijos para que no vayan a salir con su domingo siete. Las pláticas agobian a los críos en proceso de madurez, pero aceptan que sus mamas se han convertido en mejor onda que antes de que trabajaran.
 
Lo que no les gusta es que dejaron de ser el centro de atención, pero si disfrutan de los regalitos y beneficios que hay para conocer más lugares. Si alguno de los hijos las hace abuelas, no se hacen cargo de los nietos, excepto por una fuerte remuneración que compense su nuevo estatus económico. Nada personal, solo negocio.
 
Puede suceder que la mujer resulte con tal éxito que el hombre se deje y acepte cambiar los roles, aunque no suceda del todo en la convivencia, si en los montos de las aportaciones. Para los hombres puede resultar amenazador si esa libertad no los toma en cuanta o puede resultar adecuada si les libera de responsabilidades.